Cuando escuchamos hablar de discriminación por género, de inmediato pensamos en relaciones de oficina, o en fundamentalismos religiosos de diversos grados, pero no en espacios de la ciencia, como laboratorios o aulas universitarias. Sin embargo, también la ciencia discrimina, como lo demuestran las historias de tres mujeres que debieron recibir el premio Nobel, y se quedaron con los crespos hechos.

Cuando la ciencia discrimina

Lisa Meitner (1878-1968)

Lisa Meitner nació en Viena, ciudad donde realizó estudios de física que complementó en Berlín, a donde se trasladó para ver clases con Max Planck y donde conoció a Otto Hahn, con el que trabajaría los siguientes treinta años, y con quien descubrió el proactinio en 1918. Profesora universitaria e investigadora, Lisa abandonó Alemania en 1938, pero continuó estudiando la energía atómica en la Universidad de Estocolmo, en Suecia.

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Lisa Meitner en 1959, con algunas estudiantes

Junto con Hahn y Fritz Strassman produjo el primer ejemplo de una fisión nuclear, y posteriormente publicó artículos sobre teoría atómica y radiactividad que propiciaron la entrega del Premio Nobel de química a su compañero, Otto Hahn. Meitner no fue reconocida como coautora de las investigaciones, y aunque en 1966 Estados Unidos le otorgó el premio Enrico Fermi por sus contribuciones a la física, sigue siendo un ejemplo de cómo la ciencia discrimina cuando el genio es femenino.

Rosalind Franklin (1920-1958)

La biofísica y cristalógrafa inglesa Rosalind Franklin tuvo una vida breve, pero intensa y provechosa para el mundo científico. Nació en Notting Hill, en el seno de una próspera familia judía, realizó estudios en Cambridge y en París, en donde se formó como cristalógrafa de rayos X. En 1950 se incorporó al King’s College de Londres donde, usando una técnica conocida como “disfracción de rayos X” obtuvo imágenes que le permitieron vislumbrar la estructura del ADN como una doble hélice.

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Imagen de la molécula del ADN, obtenida por Rosalind Franklin

Uno de sus colegas divulgó esta información a James Watson y Francis Crick, sin ella saberlo, lo que permitió a éstos publicar el descubrimiento primero, por lo que se les otorgaría el Nobel de fisiología y medicina en 1962. Hay que destacar que Watson declaró que Rosalind Franklin debió haber recibido también el premio, pero el Nobel no se entrega póstumamente.

Jocelyn Bell Burnell (1943)

Otro ejemplo de cómo la ciencia discrimina lo encontramos en la historia de esta científica norirlandesa, Jocelyn Bell Burnell, nacida en 1943 y descubridora de la primera señal de una estrella de neutrones (conocidas inicialmente como pulsar).

Bell trabajó en el primer radiotelescopio construido para el estudio de los quásares, junto a su supervisor Antony Hewish. Fue allí, mientras realizaba su doctorado, que Bell descubrió una señal regular, identificada inicialmente como LGM (“Little Green Man”, hombrecito verde), pues llegaron a creer, debido a su regularidad, que podía tratarse de una señal extraterrestre, y que finalmente fue el primer indicio de la existencia de estrellas de neutrones.

Por este descubrimiento Antony Hewish recibió el Nobel en 1974, y Jocelyn Bell Burnell no recibió ningún reconocimiento, aunque según ella, no lo lamenta, pues desde entonces ha llevado una carrera llena de homenajes en su país y otros centros académicos prestigiosos del resto del mundo.

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Ciertamente queda mucho camino por recorrer en el reconocimiento de la labor de las mujeres tanto en las ciencias como en otros ámbitos de la humanidad, pero afortunadamente las mujeres están dispuestas a enfrentar el reto, con o sin premios Nobel.

Lee otros casos en los que también la ciencia discrimina, como El harén de Pickering; y, al contrario, dos casos en que se les reconoció a dos mujeres su labor de investigación en el campo radiactivo.

Imágenes: Special Collections Toronto Public Library, Nuclear Regulatory CommissionRyan Somma, Glenn Marsch