Aún recuerdo cuando nos presentaron, cómo me pareció gracioso tu acento. No eras de mi país claramente, sonreías a todo mundo, abrazabas y saludabas por doquier, yo sólo te veía, no te conocía, no sabría que conocerte cambiaría todo.

Pasó el tiempo y yo estaba lejos, siempre estuvimos lejos realmente, pero sólo cuando lo estuvimos pude saber que al parecer te necesitaba cerca; te conté mis miedos, me contaste tus dolores, te narré mis alegrías y me llenaste de tus historias alrededor del mundo, pero estábamos lejos, era algo así como perfecto.

¿Por qué perfecto? Porque estabas, aunque no te sintiera, estabas, porque era feliz con tu voz, porque era mi vida verte antes de ir a la cama.

Nunca pensé que el tenerte frente a mí cambiaría todo, ¿cómo es posible que nos quisiéramos más a la distancia? Que nos necesitáramos en la lejanía y que estando juntos aparecieran las peleas.

Era tan absurdo verte luego de tantos meses y sólo estar en silencio; aprendí con el tiempo, que mi necesidad no era tenerte cerca o lejos, era el tenerte, el poder escribirte a la hora que fuera y me respondieras con un “ todo estará bien”. No tuve miedo por meses y luego mi miedo llegó cuando dijiste “esto es todo”.

Hace meses que no te veo, no te escucho y no te siento, supongo que es cuestión de tiempo comprender que se acabo, ¿pero sabes? GRACIAS. Porque fuiste, eres y serás mi más hermosa casualidad, lejos o cerca, lo fuiste.