El amor no es para personas conformistas, el amor no es para quienes sólo intentan divertirse y no comprometerse, el amor no es para aquellos que no sepan del respeto mutuo porque el amor va más allá. Amar es cuidar, querer, intentar, saltar, perdonar, proyectar; amar es construir un puente y sostenerlo de ambos lados. Una mirada, un gesto, una sonrisa y un beso; jugar con él, abrazarlo de la nada, sorprenderlo con detalles e inventar aventuras juntos.

Todo es posible cuando las situaciones acompañan sin mayores problemas, pero ¿qué pasa cuando se presenta una adversidad? Queremos escapar, y lean bien los que les escribo, EL AMOR NO ENTIENDE DE ESCAPAR. El amor quiere que lo intentes, que tropieces, que llores, que sufras, que te comuniques, que expreses, que luches, pero nunca jamás querrá que escapes. Construir algo de a dos es toda una odisea en estos días, tenemos que lidiar con nuestras ganas de superarlo todo y con la sociedad que nos impulsa a tirarlo y reemplazarlo por algo mejor; debemos sentir lo suficiente como para enamorarnos pero no tanto como para sufrir; queremos un amor perfecto y a veces lo perfecto está en no soltar a “pesar de”.  

Siempre he dicho que aceptamos el amor que creemos merecer y que no debemos conformarnos con menos, pero el hecho de aceptar no significa que debas quedarte esperando que el otro haga todo por los dos, no es justo que uno sólo deba hacerse cargo de la relación porque entonces no estaríamos hablando de un amor equitativo sino de un amor egoísta en donde uno ama incondicionalmente y el otro sólo se deja amar. No podemos esperar un amor ideal cada día de nuestras vidas, pero sí debemos ser conscientes de que existirán diferencias en donde el amor no será suficiente para alguno de los dos o quizás para ambos, y ¿qué haremos al respecto? Lo resolveremos, hablaremos de las cosas que nos molestan, probablemente nos desesperemos por comunicarnos y taparemos al otro con nuestros gritos, lloraremos por miedo a perdernos, diremos que ya no hay nada por hacer con lo “nuestro” y nos despediremos recordando los buenos momentos… por dos segundos.

Luego nos invadirá la angustia, la ira, el odio, el desamor, la tristeza y al final: la esperanza (como una caja de pandora). Volveremos a comunicarnos, nos diremos que todo estará bien y que podemos lograr que funcione; intentaremos de un modo y sino da resultado entonces intentaremos de otro, leeremos análisis extensos de nuestros signos para comprendernos, nuestro buscador de Google explotará en consultas respecto a crisis de pareja, acudiremos a la oración divina o seremos extremistas y le tocaremos timbre a un psicólogo, consultaremos con nuestros amigos y parejas más experimentadas que nos dirán “y sí, al principio es todo hermoso, después te casas, vienen los chicos y se va todo a la mierda”, te pasaras horas y horas leyendo conversaciones viejas mientras por tu mente cruza un pensamiento que te dice “tiene razón tu amiga, al principio era un divino”, alguno del grupo que está soltero te va a decir “déjalo, enfiéstate con otro y se te pasa” y A PESAR DE todo eso, tú no lo quieres soltar, no vas a escapar, no lo vas a dejar por ser tan incomprensivo, forro, colgado, frío, DIFERENTE. Te vas a quedar, vas a poner en la balanza todos los momentos felices en donde secó tus lágrimas, donde te preguntó cómo estabas, donde te esperó después del trabajo con la comida lista (aunque haya sido una pizza congelada), donde viajó mil veces a tu encuentro, donde te pidió que no lo dejaras, donde te dijo que te amaba y quería una casa grande lleno de niños cabezotas corriendo por todas partes. Te vas a quedar, porque cuando el amor no es suficiente, soltar no es una opción. Te vas a quedar, porque cuando los problemas los invaden, abandonar es de cobarde. Te vas a quedar, porque cuando ya no creas viable esa relación, siempre puedes odiarlo con todas tus fuerzas y aún así no dejarlo ir.