En momentos así me doy cuenta de que sola no se está tan mal. Tengo tiempo para hacer todo eso que llevo semanas, incluso meses sin hacer. Todo eso que antes me hacía sentir viva y feliz, y que, con la rutina del día a día a tu lado, había dejado de hacer. Tengo tiempo para dedicármelo única y exclusivamente a mí misma. Tengo tiempo de bañarme relajadamente sin estar pendiente del teléfono. Puedo permitirme dormir toda la mañana o salir a dar una vuelta sin depender de nadie. Tiempo para dibujar, diseñar tranquilamente escuchando la música que me gusta. Tiempo para hablar con mi madre o tomar té con mi hermana.

Tengo tiempo para reír, para disfrutar, para estar con mis amigos sin poner a nadie delante de ellos. Para salir de fiesta con ellos y beber tantos gintónics que a la mañana siguiente no recuerdo nada, excepto que la noche anterior fue de las mejores. Incluso tengo tiempo para disfrutar de mi propia soledad, en la cual me siento bien conmigo misma.

Siento que puedo y soy capaz de recuperar esa parte de mí que perdí tiempo atrás, esa parte de mí que siempre era feliz con cualquier cosa, la parte que siempre reía y se veía con ganas y fuerzas para afrontar absolutamente todos mis propósitos y metas. 

Tengo todo el tiempo para dedicármelo egoístamente a mi misma, pero tengo que decir una última cosa: a lo largo de la semana siempre tengo momentos libres, momentos donde podría hacerte tantas cosquillas hasta ahogarte riendo, momentos donde abrazaría demasiado fuerte sólo para hacerte rabiar, y momentos donde te daría todos los besos que me pidieras y muchos más.