Como si no fuera suficiente, cuando creo haber solucionado parte de mi vida y la felicidad en su totalidad está a punto de tocar mi puerta, siempre sucede algo, SIEMPRE. Es como si fuera algún plan malévolo del destino para enseñarme que la felicidad nunca llega en su totalidad, que la felicidad nunca puede ser completa, porque somos humanos, porque no la merecemos… Pero así de bondadoso es Dios, nos da momentos felices para que al menos tengamos una visión de lo que viene siendo la felicidad, aunque no se nos permita de gozarla por completo.

Nos pasamos la vida caminando por ahí, sin rumbo, pensando en aquel café que nunca pudimos terminar, en aquellas palabras que no pudimos terminar de decir, en aquel adiós que nunca llegó de esa persona que hasta un entonces, era tu mundo, tu todo. Y es cierto, dan ganas de rendirse, de tirar la toalla, porque sentimos que ya no podemos más, que no vale la pena seguir luchando, pero no, no, no y mil veces, no.

Me rehuso a dejar de luchar, me rehuso a desperdiciar la corta y única vida que tengo, por más difícil que todo se torne, que todo se vea negro, no dejaré de luchar, y tu tampoco deberías. Porque aunque dura, es hermosa, la cosa más bella que se puede apreciar, y como mi madre diría, un regalo divino, eso es la vida. Con el tiempo se van reorganizando prioridades, y ahí si aprendes a distinguir lo que vale la pena y lo que debes soltar aunque pienses que duela, soltar porque no te sirve de nada, soltar porque sólo te lastima, soltar porque te bloquea el camino hacia esos momentos felices. Esos momentos que todos buscan desde el día en que nacen hasta que mueren, esos momentos que hacen que cada segundo cuente, esos momentos que de alguna manera, te roban el aliento, esos momentos por los que vale la pena vivir, esos momentos indescriptibles, que hacen que desees devolver el tiempo una y otra, y otra vez, esos momentos que nos hacen sentir vivos, esos momentos…