Luchar contra una depresión puede ser algo terrible. Levantarse por las mañanas parece ser tan difícil que las sábanas llegan a pesar. Es un dolor constante que se aferra y hunde a las personas. A veces incluso puede terminar con relaciones o incluso con la vida de alguien. De todas formas siempre hay maneras de escapar o paliar esta terrible enfermedad, como confiar en la ayuda de doctores y especialistas o también realizar cambios en la vida que pueden ser fundamentales.

Esta historia tiene que ver con esto último. Un pequeño gesto de un hijo cambió la vida de un hombre.

Mi ex marido siempre fue un hombre bueno. Era un poco tímido y a ratos parecía estar ensimismado en sus cosas, pero tenía un corazón noble. No sólo era talentoso en lo que hacía, también era un tipo muy sincero y generoso. Eso me encantaba en él. Trabajó por mucho tiempo en su tienda de artículos electrónicos. Era el negocio de su vida. Su dedicación le llevó a abrir un segundo local más y nos llevó a tener una excelente calidad de vida. Los primeros años de matrimonio fueron increíbles: todo parecía salirnos bien. Estábamos muy enamorados.

Nuestro lindo apartamento tenía un a hermosa vista al sector alto de la ciudad. Yo hacía clases en una escuela cercana y él llegaba a cenar siempre con una sonrisa o algo para sorprenderme. Nuestro primer hijo nació, y creo que ahí comencé a notar un cambio en él. Era un buen padre: cariñoso, atento y responsable, pero después de unos cuantos año noté que se estaba apagando como una especie de muerto viviente.

Lo peor vino el día que entraron a robar a su tienda principal. La desvalijaron casi por completo. No pudo recuperar nada y lamentablemente no estaba asegurado. Las deudas se hicieron insoportables para él y tuvo que declararse en bancarrota. Lo perdió todo. Ahí fue cuando se le gatilló una depresión terrible. Como familia lo apoyamos, pero él no hacía caso. Nada era suficiente. Y todo se fue por el despeñadero cuando intentó solucionar los problemas con alcohol. Yo no me atrevía a hacer nada, creí que se le pasaría con los días pero después de un mes ya no parecía ser el mismo.

Un día llegó como a las 9, borracho, ido, nunca lo había visto así. Lo enfrenté. La discusión pasó a los gritos y cuando intenté acercarme me empujó tan fuerte que tropecé y me golpeé la cabeza contra un mueble que había en la sala. Mi hijo que tenía tres años estaba mirando TV en nuestra habitación y cuando escuchó todo el escándalo corrió a ver qué pasaba. Él le dio un cachetazo para que dejara de llorar. Después se fue de la casa con un portazo.

Había perdido a mi esposo y no podía mantener a mi hijo en un lugar así. Lo dejé al día siguiente. Firmamos el divorcio unos meses después.

Mi hijo no veía a su padre. Estaba incontrolable. Todo el trámite de separación y divorcio fue un calvario y yo no iba a permitir que mi hijo creciera con un hombre así. Del exceso del trago se pasó a la cocaína. Me contó mi ex suegra que encontró en un abrigo suyo una bolsita de plástico con polvito blanco. Esa para mí fue la lápida de la relación. Mi hijo no andaría con un drogadicto. Corté toda relación con ese hombre y su familia. Ya no era mi problema… y además tenía que proteger a mi niño.

Cada vez supe menos de él. Y después de un año y un poco más de soltera comencé a salir con mi actual marido. ¿Del padre de mi hijo? Nada. Estaba muerto para nosotros. El niño tenía casi cinco años y cada vez que preguntaba por él, yo le decía que se había ido muy lejos, a otro país.

Un día estaba en el supermercado. Mi hijo iba sentado adentro del carro porque le encantaba imaginar que iba en un coche de carreras. En el pasillo de las verduras nos topamos de frente con mi ex suegra. La abuela del niño. Yo quedé helada porque hacía mucho tiempo que no tenía noticias de ellos. Evité sus visitas, ignoré sus llamados, simplemente los eliminé de mi vida. Pero claramente en una ciudad tan chica era inevitable que nos topemos algún día.

Ella se acercó primero. Luego besó y abrazó al chico. “Soy tu abu”, decía. El niño se dejó. No se si la reconoció pero al parecer sintió el lazo de familia. Después comenzamos a hablar de la vida como si nada, como dos amigas que se ponen al día. No me reprochó nada, no me dijo ninguna mala palabra. Finalmente me lanzó una bomba que fue muy difícil de digerir. “Ayer lo dejé sólo. Fue muy poco tiempo no pensé que podía hacer algo malo”, dijo. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Después me relató como lo encontró -a mi ex marido-, tirado en el baño, con espuma en la boca y sangre en sus narices. Desmayado, convulsionando, al borde de la muerte.

Salimos del supermercado y la invité a tomar un café a mi nueva casa. Hablamos como tres horas. El niño se durmió en su regazo después de aburrirse de nuestra larga conversación. Me contó, entre otras cosas, que seis meses antes de tragarse casi un frasco completo de pastillas mi ex marido, el papá de mi hijo, había entrado a un programa de rehabilitación por el tema drogas. Sufría de una grave depresión. Su intento de suicidio había fallado por segundos y se encontraba inconsciente aunque estable en la UCI de un hospital.

Dos días después recibí un llamado de ella. Me contaba eufórica que había despertado. Que estaba bien, que haber escuchado de su hijo le había sacado una sonrisa. Ahí me bajó una culpa terrible. Senté al niño en la sala y le intenté explicar de la forma más apropiada posible lo que estaba sucediendo. Él asentía y asentía y no dijo nada. Le dije que iríamos a ver a su papá al hospital al día siguiente.

La habitación del hospital estaba llena de flores y globos que decían “Méjorate”. Cuando lo vi casi no lo reconocí. Estaba flaquísimo, pálido y ojeroso. El niño estaba nervioso y se escondía detrás de mis piernas. Después de un rato se soltó y comenzó a hablar con su papá. Yo estaba tan atemorizada que de no ser porque estaba mi ex suegra acompañándonos en la habitación hubiese salido corriendo. Con el correr de los minutos me relajé. Al final mi pequeño le entregó un dibujo a su papá y lo besó en la mejilla. En el papel aparecían dos personas tomadas de la mano. Una nube y un gran sol. A un lado decía “Te amo papá”. Yo le estaba enseñando a escribir. Sólo hizo la letra “E” al revés. Apenas salimos me puse mis lentes de sol para ocultar las lágrimas.

Hoy mi ex marido está completamente sobrio. Trabaja. Dos fines de semana al mes sale a pasear o a almorzar con nuestro hijo. En su casa está ese hermoso dibujo enmarcado. Me contó que lo colgó en un lugar visible para recordar que siempre después de la tormenta puede haber un sol tan grande como el que dibujó nuestro hijo.