A veces cuando menos los esperamos podemos aprender lecciones que nos pueden quedar marcadas para toda la vida. Y esta historia es un ejemplo de ello. Una señora iba por la calle a toda prisa a su trabajo cuando de pronto se cruzó con una persona sin hogar que se encontraba en la calle. Tuvieron un encontrón que pudo haber terminado en una riña o algo similar. Sin embargo, las palabras del hombre fueron muy sabias:

Cristina iba caminando a toda prisa como siempre. Fumaba su sexto cigarrillo del día. En una mano llevaba su bolso de cuero y en la otra el cigarrillo humeante que esquivaba a los cientos de cuerpos que se le cruzaban. Era una tarde calurosa en la capital y las veredas del centro estaban atestadas de gente. Eran los últimos días de diciembre y todo el mundo andaba como loco buscando regalos de Navidad. Una locura. Cristina, a diferencia de la  mayoría de la gente, corría a una reunión de trabajo a la que iba atrasada.

No había querido parar un taxi porque el tráfico era terrible y prefirió caminar las 4 cuadras largas que implicaban llegar al edificio de uno de sus clientes más importantes. Se había quedado casi hasta medianoche trabajando para preparar la presentación y nada le iba a impedir que saliera perfecta.

Normalmente caminaba rápido pero esa tarde era una gacela, con toda la velocidad y agilidad que permitían sus tacones altos. Faltaban sólo 10 minutos y todavía le quedaba una larga caminata. Su norma era llegar siempre 15 minutos antes a toda reunión. No le importaba quedarse en la sala de espera. Tenía tiempo para mirar correos u otras cosas en el celular, pasar el rato mirando alguna red social o le daba tiempo para ir al baño a arreglarse. Pero esa tarde todo el record de puntualidad se iba a la basura.

Cuando llegó al semáforo de la primera avenida grande que tuvo que cruzar, el hombrecito verde que significa “camine” tintineaba a punto de tornarse en rojo. A su lado todos se detuvieron pero ella cruzó de todas formas. En la mitad de su camino la luz del semáforo se puso verde y los coches comenzaron a avanzar a pesar de los bocinazos que recibió ella siguió mirando adelante y siguió su caminata apresurada. Cuando un taxista le grito: “¡Estás loca mujer!”, ella le lanzó la colilla del cigarrillo que fumaba al parabrisas.

Faltaba poco para llegar y estaba un minuto atrasada. En frente, las multitudes llenas de bolsas plásticas y paquetes seguían interrumpiendo su camino. Cuando miró la hora en el reloj de una tienda comercial apresuró más el paso. Nada iba a interrumpir su camino. Cuando ya veía el edificio al que tenía que llegar se calmó un poco. De pronto su tacón piso una superficie desconocida, blanda que la hizo trastabillar. Ella dio un grito fuerte hubiera enmudecido a cualquiera: “¡Fíjate por dónde andas! ¡Vago de mierda!”, le gritó a un tipo que parecía ser un mendigo y que la miró con una mueca de dolor.

Llegó a su reunión cuatro minutos tarde. Sus clientes, como siempre, la mantuvieron diez minutos en la sala de espera antes de recibirla. Fue un éxito su presentación. Su propuesta encantó y sacó hasta aplausos de uno de los jefes de la compañía. Muy feliz bajó el ascensor y más radiante aún salió del edificio de sus clientes celebrando como quien gana una final del Mundial. Sacó su celular de su bolso para enviarle un mensaje a su jefa y contarle todo.

La reunión duró más de dos horas y las calles estaban vacías y oscuras. De pronto, mientras caminaba por la vereda dos tipos llegaron corriendo a su lado. Uno la sujetó por atrás con fuerza y comenzó a toquetearla. El otro comenzó a decirle cosas horribles. “Que si gritaba la mataba ahí mismo”. Después de un par de minutos, que parecieron horas para Cristina, uno dijo algo que ella no entendió. Entonces el segundo le quitó su bolso de una mano y el celular de la otra, la empujó al suelo y ambos ladrones corrieron. Un llanto ahogado de temor le brotó de pronto.

Mientras lloraba en el suelo un tipo descalzo, con un pantalón raído y una camiseta sucia se le acercó: “Yo la hubiese ayudado pero la vi tan ocupada y apurada hace un rato que no quise molestarla”, dijo. “Estaba tan apresurada que no se dio un momento para preocuparse por mis dedos que pisó bastante fuerte… por eso creí que ahora tampoco necesitaba de mi ayuda”, agregó. Luego el tipo le mostró un pie sucio que tenía dos heridas bien feas. Después el hombre sacó tres billetes que tenía en su bolsillo se los dejó en el suelo. “Para que se tome un taxi y recuerde que un vago de mierda fue el primero que le tendió la mano”. Ella siguió llorando desconsolada y el tipo sin hogar se alejó cojeando”.