Parece que hoy en día las relaciones amorosas que tenemos son mucho peores que las que tuvieron nuestros padres o abuelos. Todo comienza demasiado rápido pero termina y se desvanece con la misma rapidez. Si bien diversos estudios demuestran que claramente la relación amorosa promedio que podemos tener hoy en día es mucho peor de lo que se vivía en generaciones anteriores, también se indica que las relaciones buenas son mucho mejores que lo que se tenía en el pasado.

Esto puede deberse a la creciente tendencia del todo o nada, o en otras palabras, a la forma en la que hemos comenzado a aceptar sólo aquello que nos satisface de forma completa a la hora de emparejarnos.

Ya no nos quedamos con alguien por dinero o status ni menos decidimos quedarnos al lado de alguien sólo por compañía. Queremos una relación interesante, apasionada, llena de intimidad y que no cause caos en nuestra vida. En pocas palabras: lo queremos todo y así es exactamente como debería ser. Hoy en día vemos a nuestra potencial futura pareja como alguien que nos acompañará en diferentes aventuras y es por eso que esperamos que sea capaz de ocupar diferentes roles en nuestra vida: que nos inspire, que sea nuestro mejor amigo, que nos ayude a conocernos mejor, que nos acompañe en aventuras y en cosas nuevas.

El profesor Eli Finkel, profesor de psicología de la Universidad Northwestern, describe este fenómeno a la perfección:

“A medida que la idea de que el propósito de nuestra vida es auto-descubrirnos y llegar a ser la mejor versión de nosotros mismos se ha vuelto más popular, también hemos comenzado a ver la vida en pareja como una herramienta que nos puede ayudar a lograr esas cosas”.

El problema con nuestra generación es que muchos le tienen miedo al compromiso o a salir heridos en caso de comprometerse de forma más profunda. Ese es el gran problema: lo queremos todo sin dar mucho a cambio. 

Y de aquí mismo nace la gran paradoja…

Si estamos dispuestos a trabajar por una relación y pasar por las etapas más complicadas y extrañas junto a una persona, tendremos en nuestras manos una relación sólida, bella y fuerte, mientras que si no lo hacemos, terminaremos con otra relación fallida más. Es así: estás a un paso de conseguir una relación que te nutra como persona, pero tienes que decidir comprometerte.

Entonces, ¿qué podemos hacer? Es fácil: aprender a decir sí o no y olvidarte de toda otra posible respuesta.

Pregúntate: ¿Te hace esta persona sentir que podrías esforzarte y que valdría la pena? Si la respuesta no es sí, entonces es no. Los ‘no sé’, ‘’no estoy seguro’ y ‘tendría que pensarlo’ son sólo trampas de tu cerebro.

En cambio, si la respuesta es un sí total, entonces ya sabes qué camino tomar para hacer de esta relación una que dure para siempre. Sé selectivo y no te disculpes al respecto. Las relaciones amorosas no son relaciones que tienes sólo para no hacer enojar a alguien más o porque no tenías nada mejor que hacer: son algo que construyes porque tienes ganas de quedarte en ese lugar y con esa persona.