Cuando estoy a solas con Dios, tengo la torpeza de reclamarle y de interrogarle el por qué no me regalo una figura paterna como la mayoría de niños, y entre pensamientos cruzados se cae una lágrima de mi rostro y en ese momento comprendo que sus planes son perfectos. Que no necesito ninguna justificación para entender que el mundo se mueve entre contrastes.

Sencillamente Dios permitió que ese amor de padre anhelado no existiera para mí, y entonces conté con la fortuna de recibir amor por partida doble, no en una madre sino en una tía, quien es la prueba de que Dios existe porque él mismo se encarga de mandarte personas para que te cuiden como en mi caso, que soy afortunada de ser diferente, de tener una familia diferente.

Y mis dudas quedan resueltas con su inmenso cariño, que hacen que ese vacío se vaya llenando día a día. Por eso mi invitación para todos los niños que no tienen mamá y papá (o los padres ideales) es a que descubran quién es aquella persona que Dios les envió para curar y sanar sus heridas. Pueden ser ustedes mismos. 

Recuerden que primero deben amarse a sí mismos para recibir su amor y que nunca duden de que la felicidad sí se puede hallar, y que lo primordial es empezar por sacar de tu vida todo aquello que no sirva como el rencor, rabia, amargura y empezar a añadir más días coloridos con aquellos que te regalan sus colores. Porque tienes dos opciones: o contaminarte de ira y rencor, o seguir adelante. Tú decides.