No fuiste mi primera opción. No fuiste la única. Fuiste aquella que siempre quise. Equivocarme contigo fue la decisión que más odié, aquella que siempre me torturó por las mañanas. Porque ¿quién ve la piedra en el camino y se tropieza con ella lleno de ternura? Sin embargo, ningún error me había hecho tan feliz.

Sabía que no duraría demasiado, pero duró más de lo necesario. Te instalaste en mi vida, la poseíste como si no hubiera escapatoria de tus brazos. Finalmente me sentí encontrada. Atraída. Protegida. Me sentía en mi hogar cada vez que tomabas mi mano, porque el resto del mundo simplemente perdía sentido.

Empecé a acariciar tu espíritu, a sentir tu esencia. Me aprendí de memoria todos tus gestos. Adquirí la capacidad de interpretar tus silencios. Mi cuerpo se acompasó con el tuyo, cuando nuestras almas se abrazaban y yo sabía el momento exacto en que querías un beso. Me enamoré de tus manías absurdas al hablar, de aquel tono especial de voz que sólo usabas conmigo, del olor de tu suéter, y hasta de tus manos sudorosas.

Me permití conocerte, y conocerme en ti. Mostrarme a secas. Abrir mi corazón y dejar que hicieras turismo en él. Te mostré mi lado vulnerable. Compartí mi entero ser contigo. Fui lo mejor que pude ser. Pero igual te marchaste.

Tocó decir adiós. Despedirme de tus abrazos prolongados, donde olías mi cabello al descuido y pretendía no notarlo. Despedirme de nuestras conversaciones a media noche, cuando algo no dejaba a tu mente descansar; las mismas en las que a veces nuestros planes a futuro querían cruzarse. Despedirme de nuestras miradas que jugaban a conocerse. Despedirme de mis eternas ganas de verte alcanzar tus sueños. Despedirme de mí cuando era feliz.

El adiós de tu amor sigue pesando hoy, igual que ayer. El adiós de tu compañía me dejo vacía de corazón, pero llena de recuerdos. El adiós que nunca me dijiste, fue el que desearía no haber tenido que interpretar desde tu ausencia.