Y sin darnos cuenta nos perdemos dentro de nuestros propios miedos. Huir… Si tuviera que elegir una palabra que me caracterizara esa encajaría perfecta en lo que en mí se ha formado. Huir… me la paso a la vida huyendo, cruzando de acera para no encontrarme de frente o volteando a la esquina para evitar el tedio de volverte a ver, de toparme con tu mirada que me pertenece… ¿a ti? No, a mí, a ese yo interno que me dice día a día con voz de animador de piñata “hoy todo va a cambiar”.

Todos constantemente entran en la búsqueda de algo nuevo, se enamoran, se reencuentran, viven, sueñan, lloran y vuelven a empezar, todos excepto yo. Sí, yo, la persona que detrás de un montón de máscaras de colores esconde un prófugo miedo y prefiere huir, huir porque no quiere volver a ser lastimada, huir por cobarde, huir porque simplemente esa es la salida más fácil; huir de sí mismo y de todos.

La salida más fácil, me decía a mí misma mientras intentaba hacer oídos sordos a lo que el mundo me gritaba, mientras ciega yo dejaba pasar a cuanta persona se acercara e hiciera el intento de habitarme. Yo decidí ponerle candado a esa puerta y me encerré en una habitación tan pequeñita que ya no me cabían los pies, ni la cabeza, ni el corazón, no cabía yo, ni tú, ni él y decidí huir y me perdí.

Me perdí dentro de un montón de deseos de nadie y palabras sordas, me perdí detrás de miradas vacías y canciones cortas, me perdí dentro de un bosque de palabras infinitas que estaban encontrando su fin y luego de perderme decidí huir, porque no quería estar ahí, porque no quería perderme, porque estaba sola y había olvidado habitarme, decidí huir porque no me encontraba y me fui.

Y aquí estoy, buscándome, esperando el momento en que pueda reencontrarme a través de tus palabras, y aquí estoy buscándote mientras huyo de ti y trato de escapar de mis deseos de huir.