Ha pasado un largo tiempo: es momento de detenerse y hacer un balance. Ya va un año y medio desde que mi objetivo principal y el por qué fui capaz de dejarlo todo tomó el rumbo que nunca esperé y se fue al tacho de la basura. Conocí el desamor, el odio, el vacío y el real sentido de la palabra soledad.

Vi cómo se esfumaban uno a uno los planes que portaba en mi pequeña libreta desde aquel día de invierno en que el calor del Norte y yo nos abrazamos por última vez. Me topé con el peor lado que las personas pueden exhibir, luché contra fantasmas propios y ajenos, la depresión resolvió reanudar nuestra relación y cogió de mi mano, sin intención de soltarla. Y para qué decir lo repulsiva de mi existencia, ¡pedía a gritos dejar de respirar!

Aún así, y perdiendo “por goleada”, surgen vientos saturados de cambios y buenaventuranzas, esos vientos que transportan, igualmente, personas poseedoras de esas pequeñas llaves mágicas que hemos extraviado caminando. Porque, por más que pensemos que la senda la recorremos solos, siempre nos llega una “patada” que nos muestra lo errado que estamos: existen quienes nos apoyan, ayudan y alientan a seguir en búsqueda de esa felicidad esquiva: son nuestra barra personal, esa que nos sigue a todos lados, como dice el cántico.

Y junto a los cambios, las personas, los incondicionales, te vas olvidando del dolor, el daño y de lo nublada que tuviste la mente: secas las lágrimas, retomas las pasiones, te miras al espejo y comienzas a generar catarsis, a decretar tus propios “nunca más” y te juras que trabajarás por un presente estable y un futuro que prometa: te das cuenta de que no todo está perdido, y que la vida no termina, sino, que recién comienza.

A dieciocho meses de aquel día, puedo decir que jamás sentí tanta fortaleza, humildad, tranquilidad y orgullo hacia mí misma. A dieciocho meses puedo asegurar que poseo la red de apoyo más grande, firme y maravillosa que alguien puede tener. Aquellos que no desvían mis llamadas, que abren un espacio en sus agendas y corazones para recibirme y hacerme entender que tengo todo un mundo por seguir descubriendo… A esos que les debo todo y más.

A quinientos cuarenta días puedo decir que, con decisión, he abierto mi ventana e invitado al amor que proceda a regresar.