Tomar la decisión de querer comenzar algo nuevo no es sencillo, sea un trabajo, cambio de ciudad, reinvención de imagen o proponerse depositar alegrías en alguien. Aún así, si no lo intentamos, ¿cómo llenamos de maestría nuestra bitácora? ¿Por qué seguir prestándole atención al miedo? Tampoco se trata de ejecutarlo porque sí: lo ideal es que siga colmando de sentido todo lo que hacemos.

Poseemos un lienzo en blanco con la misión de plasmarlo de colores y sensaciones. Eso sí, en este actual lienzo no se puede utilizar pintura que haya quedado de uno anterior: imposible arrastrar cosas de algo que ya se creó. Y entre más consciente y depurado nos hallemos, mucho mejor. A fin de cuentas, ¿qué es lo peor que puede pasar?

Los aires de novedad entusiasman a diario, repletarse de coincidencias, relatos y vivencias, sin olvidar que uno cuenta consigo mismo y que la vida no muta, sino que mejora. Despertares distintos, iluminados, encontrando el sol incluso en un día de lluvia, sonrisas espontáneas, y esa sensación de ligereza: a veces es bueno permitir que nos tomen la mano para conocer lo que es flotar. Lugares y sabores conocidos, pero que toman otros ribetes. ¡Qué fantástico es redescubrir!

Volver a convertirse en un artista del tiempo, aprovechando cada segundo, respiro, mirada y carcajada saturada de oxitocina. Tener la capacidad de parar antes de actuar, ser precavidos, evitar errores, ser sinceros: hacer lo que no hicieron por ti, eso es lo bonito que tiene crear una nueva historia, más cuando una devota de la “causalidad” y un creyente del destino se encuentran en esta vida, colmados de batallas perdidas y cicatrices en el alma, y deciden curar las heridas a punta de viajes y cariño.

Definitivamente, cuando aprendemos a amarnos y ser felices, es el momento idóneo para tomar impulso y decir ¿por qué no? Sobre todo, cuando sabemos que con sólo respirar alborotamos el mundo de esa persona especial.