Él no era el típico chico, él no llegó a mi vida, yo llegué a la de él y fue una casualidad, de esas que probablemente te cambian la vida y que en cuestión de segundos te hacen realizarte ciertas preguntas. No soy pesimista, soy bastante realista y a veces eso es hasta cruel, así que, inconscientemente le fui buscando defectos, esos que hacen que uno decida no mirar alguien y continuar el camino.

Él era un hombre imponente, de esos que hasta cuando respiran te muestran quiénes son; lo veía caminar, mostrarse tal cual es, podía escuchar hablar de él donde fuera. Y es que era difícil describir lo que él trasmitía. En el proceso de conocerlo, olvidé lo más importante: no le había preguntado su nombre, digamos que era un extraño, un extraño de esos que pueden llegar a tu vida a ordenarla y desordenarla, de esos que se miden por la intensidad de lo que causan.

Bien recuerdo algo de él: sus tatuajes. Así es, toda mi vida le tuve miedo a los tatuajes, cuando vi los suyos pude grabar en la memoria algunos y pude claramente saber que “el extraño de los tatuajes” mostraría sus defectos de esa forma tan inquietante que estos serían vistos como virtudes para los demás.

Yo era la chica que estaba cansada ya de seguir la reglas básicas; yo estaba ahí, justo ahí, preguntándome a mí misma cómo alguien que para mí era un total extraño lograba tanto en los demás.

Lo observaba, aprendía poco a poco de él sin que supiera que tenía ya un poco de mi atención, había visto despertar de entre sus costillas un dragón cuando algo no parecía salir como esperaba, lo había visto tener toda su fe reunida en su pecho cuando el día parecía hacérsele noche, y mientras lo veía sólo podía entender que para ser como él en esencia y vida se había mostrado, había que tener eso a los que llaman “estrella”, ahí estaba, en el extraño de los tatuajes. Aunque no me acerqué más de lo que creí correcto a él, pude verlo correr tras cada objetivo, pude verlo patear desde la punta de los pies hasta el alma cada obstáculo.

Él no era de esos hombres a quienes yo modifico en mi mente, él era de aquellos que probablemente no sean parte de tu vida, pero por cuestión de segundos, situaciones, o esas cosas raras que suceden, el extraño de los tatuajes me dejó observarlo, me dejó aprender, sin tener idea de cuánto influyo en mí, de cuánto ayudó, mostrándome que en la vida, en los días, en lo que somos, es el resultado de todo aquello caótico, imperfecto y casual que puede sucedernos y cambiarnos para siempre.

Aunque jamás se lo dije, pero me lo repetía a mí misma cada día, ese extraño y su forma de hacer las cosas, de hacer su mundo, había cambiado el mío. Y aunque la valentía por eso días era escasa en mí, ahí estaba yo, fingiendo no verlo, mientras él, él podía hasta ponerme nerviosa.