Solía pensar que el amor lo podría todo, pero lamentablemente el amor nunca es suficiente. Estás frente a mí y puedo ver que es el final. Siempre supe que este día llegaría, que a pesar de las promesas y “por siempre” seguía existiendo la posibilidad. Fui consciente de que esto podría pasar en algún momento pero, para ser honesta, si me hubieran dado la oportunidad de adivinar jamás hubiera imaginado que sería de esta manera.

Ni en mis más temidos sueños imaginaba este final. Nunca quise pensar en un final cuando se trataba de ti. Quise creer que siempre encontraríamos una forma, que sin importar las adversidades el amor sería primero y al final encontraríamos el camino a casa.

Nunca imaginé que esa casa ardería y no habría una a cual volver. Que serías tú quien la pondría a arder.

Solía pensar que el amor lo podría todo, pero lamentablemente el amor nunca es suficiente.

Mientras espero para verte evalúo mis opciones, pienso en mi discurso.

¿Qué te voy a decir? ¿Qué palabras debo usar? Ruego a mi elocuencia que me de los argumentos perfectos, los motivos suficientes para convencerte de que esto no se ha terminado, que aún nos queda mucho por salvar. Que en el futuro todavía existe lugar para un “nosotros”.

Llego a casa y te veo por fin, después de todo este tiempo vuelvo a ver tu rostro por primera vez. Después de haberte extrañado como loca, después de que las últimas semanas de mi vida fueran un infierno y de que no pudiera esperar más por el momento de volver a verte, estás de nuevo frente mí. Veo tu rostro… es el mismo que recuerdo, es el mismo que he amado todos estos años; los mismos gestos, las mismas facciones, la misma cara; pero hay algo diferente…

Algo ha cambiado en tu mirada: se ha endurecido… y me observa distante y sombría.

Tus labios no sonríen. Tus ojos ya no brillan como antes y tu aspecto se ve un poco mayor.

La mirada de amor que recuerdo está escondida detrás de un par de ojos llorosos, la veo asomarse por detrás de tus pupilas, asustada, protegida detrás de esa sombría mirada que aparenta fortaleza; pero sigue estando ahí. Sigue estando ahí y es lo que importa. Aún me amas.

No sé si es alivio o tristeza esto que siento, es una mezcla de emociones que van desde el amor más puro hasta el odio más honesto, una mezcla de “¡te extraño tanto! de verdad te amo, pero también te odio por habernos hecho esto. ¿Cómo pudiste? Aclaremos todo por favor, hablemos y acabemos con esto de una vez, no me gusta estar así”. Pero ese es el problema principal, que no nos gusta estar así, así que dejamos nuestros problemas de lado, los ignoramos como si con eso pudiéramos volverlos invisibles y olvidar que existen… y míranos ahora, cargando con este saco lleno de piedritas…

Un frío helado me recorre y recuerdo el motivo por el que estoy aquí, no sé porque pensé que todo era como antes, perdóname, lo olvide a penas verte.

Miro tus ojos esperando una respuesta, una señal que me diga “sí, a mí también me duele”, pero todo está escondido tras un par de pupilas dilatas que me dicen que también están molestas.

Estás cansado, yo lo sé, tampoco ha sido fácil para ti. Lo noto por la forma en la que intentas alejarme, y el trabajo que te cuesta poner esta distancia.

Pienso si servirá de algo decirte de las noches que llevo sin dormir esperando este momento, si será bueno decirte que te amo, de los planes que aún espero realizar contigo, disculparme por mis errores y los tuyos; me muero por decirte que te amo y empezar hacer las cosas bien cuando te veo…

Miro fijamente al hombre de mi vida, mi futuro perfecto, mi compañero del alma. Aquella persona a quien elegí hace varios años para amar, para compartir mi mundo, para ser un equipo. Te miro fijamente para ver si estás ahí, si sigues existiendo. Te miro con el amor y la esperanza de que esto sólo sea una fase, una mala racha, la prueba más difícil de esta relación.

¿Por qué no me dejaste abrazarte? ¿Por qué no me abrazaste tú?

Te reprocho en mi cabeza por las noches que me has tenido insistiendo que me escuches, por el esfuerzo extra humano que he hecho por convencer a tu terca cabecita de dejar de ver el lado negativo, que no sea fatalista…

Te veo con el amor que te he tenido tantos años diciéndote que estoy aquí, que te sigo amando y que para mí esto no significa nada, que ahora que los dos hemos abierto los ojos lo podremos arreglar, comenzar de nuevo. Hacer las cosas bien.

Pero no, tu mirada sigue siendo fría, apenas y te reconozco.

¿De dónde viene tanta fuerza ahora?

Nos miramos fijamente sin hablar. Permanecemos así durante un tiempo intentando comprender qué nos pasó. Cómo fue que nos hicimos tanto daño…