Y es entonces, cuando en ocasiones lloro por las noches, por lo que me hiciste, por lo que no fuimos, y por lo que pudo ser. Y trato de no odiarte, no odiarme y dejar de ser tan cobarde como lo fuimos, recuerdo la parte feliz de la historia, y agradezco a la vida la oportunidad de todo.

Las risas en la cama, acostados, viendo una película de ciencia ficción, paseando por partes de la ciudad que no conocía, discutiendo sobre un libro y aprendiendo sobre bioquímica.

Y es que ahora yo también sé de esas historias con principio pero sin evidente final, como tú las conocías. De esas historias que te marcan el alma, te roban el sueño y les dedicas gran parte de tu vida. Esas que no puedes cerrar así como así, porque está claro que existió algo, pero, ¡¿qué carajos fue?!

Fuimos el tipo de historia que tiene complicidad con la vida. De esas como que se olvidan por cierto tiempo, pero después una palabra, un lugar, un sueño las regresa de golpe con la loca idea de reconstruir todo lo que ya no existe y duele como si te desgarraran el alma.