Cuando estaba en la universidad era de esas estudiantes que no dormía si no estudiaba lo necesario para un examen, pues tenía miedo de fracasar, de obtener esa mala calificación a la que todos tenemos, y que me alejaría de obtener un buen promedio que me permitiera continuar con mi carrera.

Me levantaba temprano y leía y leía para todos los exámenes. Incluso hubo veces que hasta pasé de un día a otro estudiando o preparando alguna tarea tediosa para la universidad. Podían pasar días en los que me quejaba de estar cansada y de tener sueño, pero aún así seguía estudiando, pues no quería fallar. Y, para cuando llegaba el día del examen o entrega de alguna tarea, la ansiedad me embargaba y mis manos sudaban. El miedo al fracaso se hacía latente e, incluso, hasta me costaba concentrarme en otras cosas.

Recuerdo que un día mi padre me dijo que durmiera, que me distrajera un poco y no hiciera nada. Que quizá sólo con haber puesto atención me bastaba y que tenía que confiar más en mí misma y en mis capacidades. Que quizá hasta era mejor que saliera a caminar o con mis amigos. Que todos necesitamos distracción de vez en cuando y tiempo para nosotros mismos. Pero no yo no hacía caso, pues no quería perder el tiempo.

Sin embargo, un día decidí tomar el consejo de mi papá y quedarme en casa. Recuerdo que dormí hasta tarde. Me preparé un buen desayuno (de esos que te permiten estar relajado) y leí ese libro que tenía olvidado hace tiempo, porque le dedicaba mucho tiempo a estudiar. Me duché y salí a caminar por un parque, pisando las hojas que anunciaban la llegada del otoño y disfrutando de ese color rojizo que adquieren las hojas antes de caer.

Y me di cuenta de que nunca había tomado un respiro así. Claro, aún pensaba que quizá podría estar estudiando en lugar de estar aquí, pero, de pronto, recordé las palabras de mi padre y pensé en que, sí, tenía razón. Necesitaba un tiempo para mí. Para despejarme. Para calmarme un poco y darme una pausa. Para descansar, y no durmiendo, sino que precisamente dándole una pausa a mi rutina agitada.

Sí, probablemente estés pensando que esto es difícil cuando enfrentas una carrera universitaria que te exige demasiado. Probablemente creas que si te das una pausa perderás tiempo para estudiar y fallarás. Pero créeme que no. No es para nada una pérdida de tiempo, de hecho, te da una nueva energía que te hará tomar un impulso y tener más éxito. Más del que te esperabas.

Dime, ¿de qué te sirve dormir y descansar después de estudiar tanto si es tu alma la que está cansada? ¿De qué te sirve tener éxito estudiantil o profesional, si ni siquiera tienes éxito contigo mismo? ¿De qué te sirve aprender nuevas cosas en la universidad si ni siquiera te das tiempo para conocerte? De nada.

No te digo que dejes todo de lado y no hagas nada, ni tampoco que no estudies. Sólo te digo que te des un respiro de vez en cuando, pues créeme que lo necesitas y te lo mereces. Incluso si fallaste.

Date un tiempo para ti mismo. Disfrútalo. Haz lo que quieras y verás que sí vale la pena. Verás que el día y el mundo serán tuyos y que tu espíritu se llenará de nuevas energías. Que el miedo no te atacará.

Preocúpate más de ti mismo, porque eres más importante que cualquier otra cosa. Si lo haces, todos tus problemas se harán mínimos, porque tú mismo te permitiste ser más.

Y eso es lo que te hace bien y triunfar.