Esa sensación enfermiza que te recorre el cuerpo sin explicación aparente, las ganas incontrolables de estar cerca de esa persona, la preocupación por saber cómo está; asqueroso pero bonito, es algo extraño que la gente adora sentir, unos prefieren eso, otros las drogas, a veces me parece más coherente destruir el cerebro y no el corazón, pero cada un prefiere la muerte menos dolorosa… o la más.

Soy yo, la chica que no se enamoraba que ahora escribe sobre lo que está dejando invadir su sistema neuronal, qué irónico, irónico es que me haya reído de las parejas abrazándose en la calle y ahora ponga la misma cara de idiota necesitada de cariño; irónico es haber escupido sarcasmo al darle consejos de amor a mis amigas y ahora exigir palabras amables.

¡Oh, amor, amor! Sigiloso y letal como el cáncer, mátame de una vez, no me hagas sentirte, por favor.

Extraño cuando no sentía nada fuerte por nadie, cuando las personas me rogaban como mendigos por comida un sencillo “Te quiero”, ni eso ni un “Me gustas”, qué ridículo, ridículo es esperar un “Te quiero” cada noche como una dosis de vida en porciones pequeñas, como una transfusión de sangre para bombear ese corazón que tanto tenemos como metáfora.

Cuando tenía catorce años anhelaba más que nada entre tanto sentir un poco de amor; cuando comencé a salir con alguien pude sentir su amor y entré en pánico… Filofobia, miedo a enamorarse, soy filofóbica, qué patético. Como una chica mala sin corazón sólo lo abandoné y entré en el mundo de los corazones rotos, el mío era un diamante, irrompible, los del resto del mundo eran cristales, frágiles.

Ya más grande aprendí a ser más humana, quería enamorarme realmente, sentirme como el resto, una vajilla común y corriente, pero cuando tuve una relación estable que llegó a durar cuatro meses, me alejé, las lágrimas brotaban de mis ojos por algo que antes hacía con frecuencia. Tenía miedo, miedo del karma, por todo el daño que había causado en otras personas, miedo de salir herida, destruída.

La chica que no se enamoraba, lo hizo, lo hizo de alguien tan fácil de amar, alguien tan sensible, tierno, comprensivo que, a pesar de temblar de miedo, supo que podía tomar ese riesgo con calma porque la chica que no se enamoraba, lo hizo de alguien que le dio alas.