¡Si! Así como lo oyen leen, aún no he cumplido 24 años y hace un par de semanas firmé el divorcio. Es poco lo que he pensado sobre esto, quizás ni me tomé el tiempo para analizar algo que hace mucho estaba roto, deshecho. A final de cuentas lo único que faltaba era estampar mi firma en aquel papel.

“¿Tan joven?”, “¿Tan rápido?”, “¿Por qué estuvieron juntos tan poco tiempo?”, “¡No deberías!”, son algunas de las frases que he tenido que escuchar todo este tiempo, una y otra vez, pero ¿qué tal? Quien se divorcia soy yo, quien tuvo que tomar la decisión y vivir la experiencia fui yo, qué saben ellos lo que debería de hacer.

¡Claro! Al principio me daba vergüenza decir que estaba en proceso de divorcio, pero ahora entendí tanto, ¡carajo! Tengo 23 años, ¿quién va aceptar ser infeliz a esta edad? Por supuesto, fui bastante egoísta al tomar esta decisión, pero alguien debía hacerlo. Entendí que no solo yo fallé, pero también me fallaron, en definitiva, ambos merecemos algo mejor. Entendí que no puedo conformarme con menos, que soy una gran mujer y que las migajas no son para mí, que amo los detalles y la atención, que merezco sentirme amada y protegida, pero sobretodo entendí que el amor va mucho más allá de dar un ¡sí! y firmar en un papel.

Y por supuesto, esto no era lo que tenía planeado para mi vida, nunca planeé casarme a los 20 años y mucho menos pensé en divorciarme a los 23, siempre soñé con un amor para “toda la vida”. ¿Y qué si no fue así? Estoy viva, más viva que nunca, me he convertido en una mujer fuerte y sabia, porque ahora tengo la experiencia que muchas de mi edad no tienen, porque me tocó vivir probablemente algo distinto. Pero saben, un día alguien me dijo que debía vivir sin planear y que depende de mí morir cada día o vivir un poco más, y yo en definitiva, decidí vivir, y vivir feliz.

“Lo más bello siempre es, lo que no vemos, lo que no tocamos, lo que no entendemos”.