El amor podrá ser uno de los motores de una sociedad que se nutre de ese sentimiento y vive por los momentos en que lo siente en lo más profundo de su corazón. Porque por el amor, lo dejamos todo, lo hacemos todo y lo intentamos todo. Pero el amor no nos puede salvar de nosotros mismos. Somos seres complicados, llenos de una energía superior y de trabas emocionales que no tienen cura. Somos entes que cargamos una pasión estática y la transmitimos con todos los poros del cuerpo, pero por ninguno de ellos sale el amor.

El amor sale inconscientemente, no lo vemos y no lo entendemos; sale de un rincón oscuro que brilla en la presencia de un momento. Para una relación el amor no lo es todo, no lo puede todo y no lo aguanta todo. Esta contradicción de la definición bíblica del amor -no es una opinión negativa- es una realidad del mundo que hemos creado. Con amor no podemos mantener una pareja satisfecha, una familia completa o una felicidad plena. Sé que suena terrible y difícil de tragar pero es la triste realidad del siglo en que vivimos.

Al dar amor, siempre esperamos algo a cambio y ahí comienza nuestro gran problema. Podremos admitirlo o no, pero esa es la raíz de lo difícil que es enamorarse. No solo esperamos algo, sino que también lo esperamos a la forma y estilo que nos gustaría individualmente recibirlo. Se nos olvida que hay una dimensión totalmente diferente a la nuestra y que tenemos la capacidad de expresar un sentimiento sin palabras y con acciones inesperadas. Veamos mas allá de las palabras dichas o escritas y podremos ver un mundo que perspira amor en cada paso.

Amar no es suficiente, no es porque no queramos, es porque no es necesario que sea suficiente. Hay acciones, experiencias y situaciones ordinarias que van a construir todo un mundo necesario para que ese ‘te amo’ funcione como lo hemos soñado toda la vida.