A veces cometemos errores. La vida está llena de decisiones difíciles y a veces no sabemos cómo huir de ellas, lo importante es tener claro que las malas rachas son solo eso: malas rachas. Que las cosas pasan y aunque en un momento puede que nos sintamos la escoria más baja, o que todos nos han traicionado, en el futuro eso será solo un mal recuerdo.

Historias de superación hay muchas: personas que creyeron que lo que estaban viviendo no tenía solución, o que cometieron enormes errores. Por ejemplo, en la web XOJane una mujer anónima cuenta cómo tuvo un bebé del mejor amigo de su esposo.

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La protagonista de la historia parte su relato con una aseveración que nos deja un poco helados:

“Cuando mi novio de 5 años me pidió matrimonio, no quería terminar con él. Por eso dije que sí”.

Ella y su novio, a quien llama J, se conocieron cuando ella tenía 18 años y el 23. “Trabajaba a tiempo completo y vivía solo, era un miembro contribuyente de la sociedad… bueno, excepto que su tiempo completo era en un cine y era un drogadicto”.

J la apoyó mientras estaba en la universidad y cuando obtuvo su primer trabajo en publicidad se mudaron a vivir juntos.

“Tenía 24 años. Más tarde ese año, en Navidad, J me propuso matrimonio. Yo dije: Sí, OK, seguro (…) Traté de ser optimista: Tengamos un compromiso largo. ¿Qué son un par de años en el esquema a grandes rasgos de las cosas, cierto? Lo que estaba haciendo era posponerlo, pero no estaba consciente en ese momento”.

Pasaron dos años comprometidos, luego comenzó la presión familiar. La mamá de nuestra protagonista era la única que avanzaba con los preparativos de la boda.

Se sentía encerrada en el compromiso y no podía salir de él, sentía la vergüenza de haber fallado. Así que continuó con todo.

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“No sé por qué estaba asustada de hablar. Pensé que todos se sentían así antes de casarse, que todos tenían los pies fríos (dudas). El arrepentimiento se estaba formando y aún ni siquiera estaba casada”.

La atracción de la mujer por el mejor amigo de J se hizo consciente durante la boda misma. Cuando él le dijo que se veía “hermosa” el día de su boda que ella comenzó a cuestionarse lo que sentía por él.

“D y yo siempre tuvimos una conexión innegable. Los desconocidos en los bares me preguntaban cuál de los dos (D o J) era mi novio cuando salíamos juntos”.

Cuando se casó la situación no mejoró: él fumaba mucha marihuana y comenzaron a tener discusiones por dinero. Ambos aceptaron un gran préstamo familiar y no tenían idea de cómo lo pagarían.

Él tenía problemas en el trabajo y llegaba a la casa solo para sentarse frente al televisor y no hacer nada más. Ella, por otro lado, estaba floreciendo en el aspecto profesional.

“Estaba haciéndolo muy bien en el trabajo (como jefa) y mi trabajo en publicidad tenía muchas cosas divertidas: ¡Fiestas! ¡Eventos! ¡Cenas con clientes! A veces invitaba a J conmigo, y la mayoría de las veces lo declinaba. Cuando iba se emborrachaba mucho y luego pasaba los siguientes dos días sintiéndose miserable”.

Poco a poco la distancia entre ella y J creció más y más, y D comenzó a acompañarla a los eventos del trabajo. Su relación se estrechó y aunque su esposo nunca dijo nada, ahora ella sabe que él sospechaba.

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“Eventualmente, D y J dejaron de hablarse y D y yo hicimos lo que todos sospechábamos que hacíamos o que habíamos hecho: Nos enamoramos. J, comprensiblemente, nos sacó de su vida. Estoy segura de que tenía sospechas de cuán atrás iba mi relación romántica con D, pero nunca me pidió respuestas”.

A pesar de la forma dolorosa en que creció su relación, ellos están felices de haber decidido darse una oportunidad:

“Aunque sé que hice lo que tenía que hacer para tener mi propia felicidad, desearía que hubiese sido una decisión libre de culpas. El estigma asociado con cambiar tu esposo por tu mejor amigo puede hacer que una mujer se sienta como una ramera. Pero mis sentimientos son verdaderos y puros y mi familia es la prueba. Cuando veo a esa niñita reír, sé que todas las decisiones que me llevaron aquí fueron las decisiones correctas para mí”.

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