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El proverbial desconocimiento masculino del cuerpo de la mujer, que podemos rastrear muy lejos en el tiempo, propició el invento de una enfermedad, la histeria femenina, que dio muchos quebraderos de cabeza a los médicos que intentaron descifrarla y “tratarla”.

Histeria Femenina y su tratamiento con orgasmos

Si tomamos en cuenta la etimología del término histeria, que viene del griego hystera y quiere decir “útero”, es fácil deducir que se trataba de una enfermedad del útero, y por lo tanto propia de las mujeres. Quien así la nombró fue Hipócrates –siglo V a.C.–, pues en aquel entonces se pensaba que el útero era una especie de “animal” que vagaba por el cuerpo de la mujer (lo que se dio en llamar después “útero errante”) y causaba enfermedades y trastornos al llegar al pecho; al desplazarse provocaba sofocos o convulsiones.

De hecho, los síntomas de esta “enfermedad” de mujeres, eran irritabilidad, desmayos, insomnio, ansiedad, nerviosismo, e incluso lubricación vaginal excesiva… Podríamos decir que en el transcurso histórico, la histeria femenina fue la enfermedad más común diagnosticada después de las “fiebres”.

En el mundo occidental no es desconocido el hecho de que la sexualidad de la mujer se la ha tratado de igual forma que a la sexualidad masculina, siendo que son obvia y claramente distintas, y que tradicionalmente el sexo era para procrear. En virtud de ello, fueron numerosas las restricciones asociadas a las relaciones sexuales, y no hablamos sólo de la Edad Media, sino de mucho más allá.

En las sociedades grecorromanas, la libertad de la mujer era muy relativa. A pesar de que antiguamente hubo culturas, como la babilonia, en las que la mujer tuvo papeles mucho más importantes, y en las que el disfrute del sexo no era visto como algo sucio o pecaminoso, seguía habiendo una cierta carga moral que fue extendiéndose poco a poco hasta alcanzar a todas las culturas conocidas.

Todo esto indica un enorme prejuicio ante la sexualidad de la mujer que, en Occidente, llevó a los médicos a crear todo un tratamiento para curar la histeria femenina; y ese tratamiento, ideado en tiempos tan remotos como los de Hipócrates y los antiguos romanos, y seguido hasta hace apenas un siglo, era muy “simple”: el orgasmo.

Galeno, en el siglo II, por ejemplo, pensaba que la histeria femenina era causada por la privación sexual, por lo que recomendaba a las mujeres casadas –o a las prostitutas– mantener relaciones sexuales, pero a las viudas, las solteras o las religiosas, prescribía masajes pélvicos, que consistían más o menos en tocar los genitales; no siempre sabían dónde tocar, por lo que no siempre se daba el orgasmo.

Durante la Edad Media, la histeria femenina se conoció como “la asfixia del útero” o “la asfixia de la madre” y además del matrimonio y de los masajes pélvicos, se indicaba aplicar supositorios irritantes y sales fragrantes como parte del tratamiento. Ya a partir del siglo XVI, junto al masaje pélvico, el cirujano francés Ambroise Paré comentaba que a las pacientes casadas “debían tratarlas sus maridos”, y a las solteras, las parteras debían aplicarles ungüentos para “frotar o hacerles cosquillas en lo alto del vientre”.

En el siglo XVII hubo un médico británico llamado Nathaniel Highmore, quien fue uno de los pocos estudiosos en reconocer públicamente que el “paroxismo histérico” –que podríamos considerar “orgasmo”– no era una tarea fácil de lograr. De hecho, sólo a los médicos y a las parteras les estaba reservado ese trabajo, y no hay registros de que a los doctores les gustase hacerlo. Para ellos era una labor ingrata procurarles el “paroxismo histérico” a las miles de mujeres que sufrían de histeria femenina, y cuyo remedio parecía ser ése.

En la Era Victoriana, y gracias a la impresionante represión social y sexual, la histeria femenina se convirtió en una verdadera epidemia, que trascendió las fronteras de Inglaterra. A la histeria se la asoció con la clorosis o “enfermedad de las vírgenes”, y con la neurastenia, una nueva enfermedad que se pensaba era producida por el estrés de la vida moderna. A esta tríada se la llamó “desórdenes histeroneurasténicos”, y el médico francés Pierre Briquet aseguraba que un cuarto de la población femenina la sufría.

Los franceses aportaron mucho al tratamiento orgásmico de la histeria femenina, y así en 1860 aparece otro procedimiento, la ducha pélvica, que consistía en la aplicación de hidroterapia en forma de chorro sobre la pelvis; al respecto, un escritor decía de este método que parecía muy recomendable para las damas, y otro, que “no hubo mejor arma para combatir la histeria”, y que “sus efectos eran imposibles de describir, pero una vez experimentados no se olvidan jamás”…

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La ducha pélvica

El ingenio masculino para deshacerse del “pesado trabajo” de proporcionar orgasmos a las mujeres creó el “manipulador”, el primer vibrador a vapor, y era una mesa larga con un corte a la mitad para una esfera vibrante; su inventor, el norteamericano George Taylor, al mismo tiempo que recomendaba su uso, advertía que las mujeres debían ser supervisadas para prevenir el “abuso”.

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El “manipulador”

Si viste la película Histeria, te podrás imaginar que algo así sucedió en verdad. La invención del vibrador portátil fue para aliviar las tendinitis producidas por la manipulación “masiva” de clítoris, y en las primeras décadas del siglo XX, al menos la mitad de las mujeres norteamericanas tenía un vibrador en sus casas para fines “medicinales”, pero con el surgimiento de las primeras películas porno se vio que no era sólo un dispositivo médico, y la venta se restringió drásticamente.

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Vibrador antiguo a baterías

La progresiva conciencia sobre la sexualidad femenina, el nacimiento del psicoanálisis y la “charla curativa” freudiana y los informes de Kinsey, y después los estudios de Master y Johnson sobre el tema, abolieron definitivamente la expresión “histeria femenina” y se cambió por “trastornos de conversión”.

Hoy sabemos que la histeria femenina no existió nunca, y que todos los trastornos que pudieron sufrir las mujeres en el pasado fueron producto de sociedades represivas, castigadoras e incomprensivas, que sancionaban el placer y no reconocían las diferencias entre los hombres y las mujeres.

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Imágenes: Niall Kennedy, AV Dezign | www.avdezign.ca, Commons Wikimedia