Hay un club que salió de éste planeta. Algunos dijeron que fue a conseguir alguna copa que no había logrado aún, pero no. El Club Atlético Independiente, con sede en Avellaneda, Buenos Aires, Argentina, llegó a la Luna junto a Armstrong y compañía.

¿Cómo consiguió este club salir de nuestro planeta?

Héctor Rodríguez es el nombre de la persona que logró sacar a éste club gigante del planeta. Todo comenzó en los primeros meses del año 1969, cuando despegaban más misiones Apolo que hoy aviones haciendo Madrid-Barcelona. En medio de la carrera espacial, el que en ese entonces era Secretario de Cultura y de Relaciones Públicas del club propuso hacer socios honorarios de Independiente a los tres valientes astronautas norteamericanos que iban a visitar el satélite natural que orbita la tierra.  Además también envió conjuntos de ropa del club para los hijos de los mismos, todo gracias a la esencial ayuda de la embajada estadounidense en Argentina, que también colaboró brindándole al club de Avellaneda fotos de los tres viajeros para que lucieran en sus carnés. “Si ellos van a ser los héroes más grandes del siglo, tienen que ser socios de Independiente”, esta fue la lógica que realmente usó el bueno de Héctor.

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Así, Aldrin fue el afiliado número 80.399, Armstrong el 80.400 y Collins el 80.401. Éste gesto del siete veces campeón de América fue respondido poco después de la partida del Apolo X por el mismo Neil Armstrong mediante una carta enviada a la Avenida Mitre 470 (dirección de la sede) en la que agradecía en nombre de todos los que integraban el equipo del Apolo XI la cortesía de Independiente por enviarles tres banderines y manifestó las ganas que tenía de conocer el club.

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Posteriormente, en la gira mundial por el alunizaje que se realizó en aquel momento, Armstrong y Collins visitaron la Argentina y en una recepción realizada en la embajada del país norteamericano Neil confesó a Héctor Rodríguez, que fue invitado por el embajador estadounidense, que el banderín rojo había visto, igual que ellos, el mundo sin fronteras desde lejos. Madrid y Moscú al mismo tiempo sin llegar a distinguir La Puerta de Alcalá o la Plaza Roja y los más de veinte mil kilómetros de la Muralla China. Como amuleto había llevado, al menos él, aquel objeto por el buen augurio que el club les hizo llegar antes de su partida.

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Imágenes: Francisco Aceituno