Esta creencia popular, que uno pensaría relativamente joven, es más antigua de lo que puedas imaginar. Se afinca en raíces tan remotas como las sumerias, babilónicas o asirias. ¿Pero sabes qué es, a qué se le llama “el mal de ojo”? Y sobre todo, ¿crees en él?

Y tú, ¿crees en el mal de ojo?

A pesar del pensamiento científico, llevado sistemáticamente a partir del Renacimiento y cuyo desarrollo pleno comenzó en el siglo XVIII con los enciclopedistas, nos seguimos manejando por las supersticiones. Sabrás que la superstición es aquello que se cree, contrario a la razón, que atribuye explicaciones mágicas a los fenómenos naturales y sus relaciones. Esta definición excluye a las creencias religiosas, aunque éstas no tengan ninguna base científica.

¿Por qué hablamos de superstición? Pues porque el mal de ojo está enraizado en antiquísimas creencias, aparecidas casi desde el surgimiento de la conciencia humana, en las que una persona, voluntaria o involuntariamente, es capaz de hacer daño a otra a través de la mirada.

¿Has escuchado alguna vez la expresión “tiene la mirada fuerte”, o “pesada”? Sin duda, cuando alguien dice eso se está refiriendo a que esa persona puede echar mal de ojo, u ojear.

Por supuesto, durante toda la Edad Media, las brujas eran acusadas de esto, y las víctimas se sentían mal, enfermaban, caían en desgracia, perdían su fortuna (si la tenían) y hasta podían morir. Todo por el mal de ojo.

Los griegos, que siempre han sido muy sabios y estudiosos, atribuían a la envidia uno de los poderes más negativos que puede ostentar una persona, y de hecho el escritor catalán del siglo XIX, Vicente Joaquín Bastús, escribía que la palabra envidia derivaba de la expresión en griego “aquella que nos mira con mal ojo”, la que nos mira mal, nos desea mal o quiere lo que tenemos; en otras palabras, el mal de ojo.

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En 1425 un personaje español muy interesante, Enrique de Villena, llamado el Astrólogo o el Nigromante, escribió obras relativas a las ciencias ocultas, muchas de ellas perdidas o mandadas quemar por el rey Juan II de Castilla. Entre sus obras existe un tratado sobre el mal de ojo, y allí habla del “aojamiento”, el proceso mediante el cual alguien era dañado y que, según él, los médicos llamaban “fascinación”.

En el mundo cristiano –sobre todo el católico– el mal de ojo no existe, pues se trataría de un tema desviado de la norma, un vestigio supersticioso de religiones paganas. Sin embargo, es una creencia aún muy extendida, tanto, que hay todo un “manual” para saber si a uno le han echado mal de ojo, y por supuesto, cómo contrarrestarlo.

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Se supone que la envidia es el motor de los malos deseos: al querer en demasía lo que otra persona tiene, incluso de buena manera, eso activa en el “emisor” todo un engranaje de maldad que produce un daño en el envidiado o admirado; hay personas más envidiosas que otras, y según la creencia popular, se acumulan tantos malos sentimientos dentro de ellas que apenas con la mirada, que se carga y por eso es “fuerte” o “pesada”, pueden causar un mal. Dicen que las plantas que miran se marchitan y mueren.

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Quien ha sido víctima de mal de ojo presenta cansancio, pesadez, infecciones oculares bastante severas, y todo esto acaba por enfermar al afectado, produciéndole eventualmente la muerte.

Los niños son los más vulnerables, a quienes atacan para dañar a los padres. En todas partes, en todas las culturas y civilizaciones, hay amuletos y talismanes, rituales y oraciones para protegerlos del mal de ojo: pensemos, por ejemplo, en el Ojo de Horus, en el Antiguo Egipto…

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Horus

…o en el nazar, un talismán muy utilizado en Turquía actualmente; o en los cencerros que en la vasca Álava, en España, se le colocaban a las vacas para ahuyentar los males que acechaban al ganado. Collares y pulseras de diferentes piedras (ámbar, azabache, una llamada ixahi usada en México y Centroamérica), semillas y hasta restos del cordón umbilical se les frota a los bebés para protegerlos y curarlos, tarea realizada sobre todo por curanderos.

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Pulseras con cuentas de azabache. La figura más grande, roja, es un puño protector

Los indígenas pemón, en Venezuela, usan los tarén –oraciones o conjuros mágicos de una gran belleza– para liberar las almas de los niños a quienes se les ha dañado con la mirada.

De modo que, ya ves, el mal de ojo está profundamente mezclado en nuestras creencias, y lo más curioso e interesante es que es algo que tenemos en común todos los seres humanos. Por supuesto, eres libre de creer o no… pero por si acaso fíjate en lo que sucede si vemos a alguien fijamente.

Imágenes: kensma1, That guy named Jere, Charles Rodstrom, Maia C, Cynthia Closkey, go2net