La ansiedad es un estado mental en donde se anticipan un daño o un mal futuros. Evolutivamente, si sufres ansiedad en ciertas situaciones estresantes puede ser saludable, ya que se disparan las alarmas en el cerebro que nos indican que hay un posible peligro en ciernes, y así nos ponemos en acción para enfrentarlo.

Pero si sufres ansiedad siempre, entonces estás ante un caso de trastorno de ansiedad, en el que tu comportamiento se ve afectado de manera notable. Veamos con algo más de atención.

¿Sufres ansiedad? ¡Tu cerebro lo ve todo distinto!

El problema cuando sufres ansiedad es que la preocupación y el estrés no te abandonan, aun cuando las razones objetivas para sentir la ansiedad hayan desaparecido. Este trastorno lo puede sufrir cualquiera, incluso niños, y hay más frecuencia entre las mujeres que entre los hombres.

Este miedo constante, cotidiano, esta preocupación permanente hace estragos no sólo en tu ánimo, sino también en tu cuerpo, sobre todo en el cerebro.

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Así lo verificó un grupo de psicólogos, cuyos hallazgos fueron publicados en la revista Current Biology. Estos profesionales mostraron que las personas con trastorno de ansiedad inconscientemente califican su entorno como una amenaza, hasta las cosas más inocuas, de modo que incluso lo más insignificante puede disparar la ansiedad.

No se sabe muy bien cuáles son las causas de lo que se llama “trastorno de ansiedad generalizada”, pero apuntan a que los genes y el estrés pueden contribuir a que aparezca, y a quien lo sufre le resulta muy difícil controlarlo.

Cuando hay ansiedad generalizada, el cerebro agrupa todo, lo seguro y lo inseguro, bajo una gran etiqueta que dice “peligro”, y los investigadores llaman a esto enfoque “mejor prevenir que lamentar”. Así, el cerebro de una persona ansiosa no distingue –no puede– información amenazante de lo que no lo es. Y por eso está continuamente preocupada.

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Para probar esto, el grupo de psicólogos e investigadores hicieron un experimento en el que reclutaron a 28 personas diagnosticadas con trastorno de ansiedad y a 16 personas sanas. El estudio se desarrolló en dos partes, una de entrenamiento y otra de pruebas.

En la primera, los participantes debían aprender a diferenciar tres sonidos distintos, cada uno correspondiente a un determinado resultado (el tono positivo representaba la posibilidad de ganar dinero, el negativo de perderlo y con el neutro no pasaba nada).

En la segunda parte, los investigadores implementaron 15 sonidos diferentes y se les pidió a los participantes que presionaran una tecla cuando reconocieran alguno de la fase de entrenamiento; si acertaban, ganaban dinero, pero si no, lo perderían.

Frente al riesgo de perder dinero, una estrategia razonable habría sido esperar a presionar la tecla, tomando en cuenta que la mayoría de los sonidos serían nuevos, pero los participantes ansiosos la presionaban una y otra vez, pensando que los tonos ya los habían escuchado. El elemento de perder o ganar dinero ejerció una fuerte impresión emocional en ellos, lo que les generó una gran ansiedad.

Mientras hacían todo esto, los cerebros de todos los participantes fueron escaneados, y se encontraron notables diferencias entre los ansiosos y los que no lo eran. Vieron que el cerebro de las personas ansiosas mostraba una mayor activación en diversas partes, incluyendo la amígdala, la región donde se procesa el miedo.

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En la amígdala hay un pequeño grupo de neuronas “temerosas”, que envían señales de pánico ante cualquier señal externa, y si bien se ponen en funcionamiento por una causa justificada, el peligro radica en que las neuronas pueden perder su capacidad de discriminar las amenazas, y se produce entonces el trastorno de ansiedad generalizada.

Es importante destacar que estas personas sufren mucho y les resulta realmente difícil controlar sus reacciones, pues se trata de una incapacidad perceptiva, de cambios cerebrales que no manejan. Así es que si sufres ansiedad lo mejor es que busques ayuda.

Te recomendamos que leas nuestro artículo sobre lo que le sucede a tu cuerpo cuando sientes estrés.

Imágenes: Nikki McLeod, ASweeneyPhoto, J Slattum, NIH Image Gallery