Las momias ejercen una extraordinaria fascinación en muchos de nosotros. Son los restos de personas que voluntaria o involuntariamente, de alguna manera, permanecen entre nosotros. Podemos ver sus rostros e imaginar como fueron sus vidas. Aúnan la repulsión que sentimos ante un cuerpo muerto y la atracción, un tanto morbosa, que tiene aquello que en un momento fue lo que nosotros somos ahora. Hay muchos misterios que giran entorno a momias, como las increíbles momias de Tarim o las inquietantes momias de ciénaga. En esta ocasión queremos hablarte de una en concreto y adentrarnos en su historia.

La alucinante historia de la Momia de Manchester

La historia de la momia de Manchester es totalmente inusual. No es una momia como la de Rosalía Lombardo, la momia más bella del mundo, la niña a la que sus padres momificaron para conservarla el mayor tiempo posible. Fue voluntad de la difunta el no ser enterrada a la usanza habitual. Conozcamos su historia.

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En el siglo XVIII la población vivía aterrorizada por el temor a ser enterrado vivo. Los métodos para asegurarse de que alguien había fallecido eran muy peregrinos -verter vinagre o pimienta en la boca e incluso utilizar un hierro al rojo vivo para quemar los pies o introducirlo en el recto-. Hannah Beswick(1688-1758), una rica mujer de Oldham (Inglaterra), que habitaba una propiedad conocida como Birchin Bower, viendo su fin próximo y ante el temor de ser enterrada viva, hizo llamar a su médico. El Dr. Charles White recibió una insólita petición de su paciente: tras su muerte, no quería ser sepultada. En vez de ello debían dejarla sin enterrar e ir comprobando periódicamente si había dado señales de vida. El temor de Hannah venía del incidente ocurrido con uno de sus hermanos al que se dio por muerto y que resultó no estarlo. Se dieron cuenta de que respiraba justo en el momento en que cerraban la tapa del ataúd. Hannah aterrorizada no quería que le sucediera lo mismo.

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L’Inhumation précipitée (Entierro prematuro) (1854) óleo sobre tela de Antoine Wiertz.

La mujer murió en 1758 y el galeno cumplió su última voluntad…más o menos. En realidad no la enterró, sino que la embalsamó, y después de tenerla un tiempo en casa de un pariente, la metió en una caja de reloj y la trasladó a su casa. La señora Beswick se hizo mucho más famosa tras su muerte de lo que nunca lo fue en vida, pues el doctor abría sus puertas gustoso a todo aquel que quisiera ver a la “fallecida”.

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Retrato del Doctor Charles White

Años después el cuerpo fue trasladado al Museo de la Sociedad de Historia Natural de Manchester y luego al de la Universidad, donde pasó a ser conocida como “la momia de Manchester” o “la momia de Birchin Bower”. Pasó el tiempo y 110 años después de su muerte -ahora ya seguros de que no iba a despertar-, un grupo de prohombres de la ciudad con el obispo a la cabeza decidieron dar sepultura definitiva a la señora Hannah. Fue enterrada en el cementerio de Harpurhey en el mes de julio del año 1868.

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