El ser humano está en busca de nuevas y sostenibles maneras de mantener su presencia en la Tierra, y de asegurar formas de energía que nos permitan también un cierto nivel de vida.

En esta oportunidad, Supercurioso os trae noticias de una nueva iniciativa que está “incubándose” desde el 2008, por lo menos, y se trata de una investigación que busca crear combustible a partir de… ¡microbios!

Todo lo podemos obtener del sol

En las escuelas nos han enseñado qué es la fotosíntesis, esa maravillosa capacidad de las plantas de convertir el dióxido de carbono en oxígeno, tan necesario para nosotros.

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Pues, bien. Un químico norteamericano, Daniel Nocera, experimentaba con catalizadores de cobalto-fosfato en la separación de agua, éstos utilizan electricidad para producir hidrógeno a partir del agua corriente; estaba buscando combustibles alternativos que pudiesen servirle al ser humano para liberarse de los combustibles fósiles y altamente contaminantes, como el petróleo.

Sin embargo, el hidrógeno no funcionó. Al entrar en la Universidad de Harvard, Nocera se asoció con Pamela Silver, bioquímica de la Harvard Medical School y con su estudiante de postgrado, Joseph Torella, para crear un sistema híbrido que generase un combustible competitivo y de mayor utilidad y, lo más importante, sostenible.

Este sistema híbrido estaría basado en la unión de los catalizadores y los microbios: los catalizadores (que pueden separar el agua corriente, incluso la sucia) a través de la energía fotovoltaica –proveniente de paneles solares– convierten en energía eléctrica mucha más luz solar que la fotosíntesis natural de plantas y bacterias; y los microbios (fotosintéticos o no) convierten eficientemente la energía en moléculas útiles (para combustible, alimentos o inclusive productos farmacéuticos).

El equipo de Harvard unió entonces la placa fotovoltaica de separación de agua con una bacteria de nombre elegante, Ralstonia eutropha, que pertenece al suelo y puede utilizar el hidrógeno (producido por la separación del agua) para acelerar la creación de moléculas de carbono.

Utilizaron una variante genéticamente modificada de la bacteria y con el mismo procedimiento obtuvieron isopropanol, que es una molécula de alcohol que puede usarse como combustible –tal como el etanol o la gasolina– y que se separa fácilmente del agua.

Esta hoja (que bautizaron “biónica”) produce 216 mg de isopropanol por cada litro de agua, cantidad y eficacia que compite con el maíz al generar granos ricos en almidón a partir de la luz del sol.

Procedimiento

Básicamente es poner la bacteria modificada de Ralstonia eutropha en un frasco sellado, con líquido libre de nutrientes, junto a hidrógeno y CO2 disuelto. Déjalo un tiempo, agita vigorosamente y harás que la R. eutropha cambie su crecimiento normal y entre en “modo pánico”, provocando que los microbios se alimenten directamente del hidrógeno. Lo que resulte se coloca en un tarro aparte con el separador de agua y un electrodo de acero inoxidable que se conecta a un conjunto fotovoltaico para dar corriente. En unos cuantos días, tendremos una nueva hoja biónica creciendo y generando isopropanol.

Es una descripción muy poco científica, lo sabemos, y disculpad por ello, pero es un descubrimiento sencillo e increíble que puede dirigirnos hacia otro rumbo, en el que sí se puede combatir el problema del calentamiento global.

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Con esto se estaría convirtiendo hidrógeno y dióxido de carbono en energía, en combustión natural, en moléculas de carbono útiles con las cuales se pueden crear combustibles mucho más sostenibles que el petróleo y el gas, ¿no os parece emocionante?

Claro que aún está en prueba, y hace falta mucha voluntad de los políticos y dirigentes mundiales para cambiar la mentalidad corporativa que destruye el planeta, en aras de lograr mayor beneficio económico para unos pocos. Pero hay esperanzas.

Quizá esté próximo el día en que todos utilicemos los recursos naturales con el mejor propósito y de la mejor manera. Y tú, ¿sabes de alguna otra idea maravillosa para cambiar el mundo?

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Imágenes: Schwarzerkater, Andre Roberto Doreto Santos, Pacific Northwest National Laboratory PNNL