Gárgolas, criaturas mitológicas que vigilan desde sus atalayas góticas, el silencio de las grandes ciudades. Guardianes de piedra que, según la leyenda, cobran vida en determinadas noches sin luna, las más oscuras, para volver al silencio de sus alturas justo al amanecer, justo cuando la primera luz de la mañana devuelve a sus cuerpos la dureza de la roca…

Hoy en día reposan mayestáticas en las canaletas de nuestras iglesias y catedrales, unas figuras entre lo fantástico y lo aterrador que siempre llama nuestra atención. ¿Te gustaría saber más sobre ellas?

La leyenda de la Gargouille

Las gárgolas eran unas figuras mitológicas muy del gusto del arte gótico. Su función no era únicamente la estética, su imagen demoníaca buscaba ante todo dos funciones: asustar al pueblo y proteger al templo. Hay que tener en cuenta que todas las criaturas que vemos en las atalayas de las catedrales no son Gárgolas, las que podemos ver por ejemplo en la famosa Catedral de Notre Dame de París, son Quimeras, no Gárgolas, otro espécimen legendario igual de impresionante.

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Pero eso sí, la Gargouille es sin duda la figura más representativa de este período histórico debido a una leyenda francesa que le dio forma y trascendencia. Se decía que había una criatura semejante a un dragón que vivía en las aguas del Sena, un ser llamado Gargouille. Tenía un cuello largo, fuertes mandíbulas y la piel escamada, un ser de mal genio capaz de tragarse barcos enteros, y de escupir agua por su boca, produciendo temibles inundaciones en la ciudad parisina. Era tal vez, un tipo de dragón acuático.

Se decía que los habitantes del cercano Rouen intentaban calmar su cólera ofreciéndole una vez al año, una ofrenda humana: el peor criminal que pudieran encontrar. Pero lamentablemente ese tipo de sacrificio no eran del gusto de la Gargouille, ella, prefería doncellas.

Fue en el año 600 cuando un sacerdote cristiano llamado Romanus, hizo un pacto con el extraño ser. Le construiría una iglesia, la más hermosa. La Gargouille aceptó, pero el ingenioso sacerdote alzó una catedral dedicada al culto católico, una catedral inmensa con una gran campana. Un instrumento que le sirvió para hipnotizar a la criatura. Ante cada tañido de la campana, el ser avanzaba hasta él, poco a poco, cautivado por ese impactante sonido.

Finalmente, equipado con un libro, una vela y una cruz, el sacerdote realizó un exorcismo, para después quemar en una hoguera a la criatura, dejando solo su boca y cuello que, curiosamente, no terminaban de arder en el fuego. Ante este detalle los habitantes decidieron subir sus restos al ayuntamiento, como recordatorio de los malos momentos que habían pasado.

Un arte oscuro

Habitualmente las Gárgolas aparecen en los altos de las catedrales en grupo, nunca hay una sola. Sus rostros siempre lucen horrible y amenazantes, criaturas oscuras que nos observan desde las alturas con una mueca irónica, y cuya función, siempre es la de escupir el agua del edificio por sus bocas.

Desde el siglo XIII hasta el XV, sus rostros eran siempre malévolos, pero con la llegada del Barroco su malignidad se fue suavizando para aparecer un poco más “cómicas”. Pero ese tono siniestro nunca desapareció del todo de sus facciones, unas figuras que no solo eran habituales en iglesias y catedrales, sino que también podían verse en los techos de edificios seculares y casas privadas. 

Criaturas silenciosas que residen en las alturas de nuestras viejas construcciones góticas, esos seres que nos encanta buscar a través del objetivo de nuestras cámaras para captar sus miradas siniestras, sus alas de piedra… esas que, según la leyenda, cobran vida en las noches oscuras para sobrevolar las ciudades que vigilan diariamente.